8 jun 2011

Capítulo 1: Sorpresas, sorpresas y más sorpresas

Hoy es el día más esperado de todo el curso, las notas. Yo me había esforzado mucho para sacar buenas notas durante el curso, y así fue. Cuando llegué a casa no había nadie, lo cual me extrañó bastante, y me dirigí a la cocina prepararme la comido; un bocadillo. Al poco rato de sentarme en el sofá, aparecieron mis padres con un sobre en la mano.
  • Iván? Tenemos una sorpresa para ti! -dijo mi madre muy contenta.
  • Y yo otra para vosotros! -dije emocionado- Tengo un diez en mates y otro en física y química, el resto todo sietes y un ocho en francés!
  • Enhorabuena! -exclamó mi padre mientras me abrazaba.
  • Sí, sí, vaaale papá – dije mientras lo apartaba- pero... cual es mi sorpresa?
  • Unos amigos de tu padre nos dejan su casa de verano en América, concretamente en... California!
Al decir la palabra “California” se me quedó tal cara que mis padres se empezaron a reír, y poco después empecé a saltar por toda la casa.
A las cinco de la mañana mi madre me tuvo que despertar para que me fuese preparando. Casi no me podía levantar del sueño que tenía, ya que no había acabado de hacer la maleta hasta las dos de la mañana. Me vestí rápidamente, me peiné y salimos a la calle a esperar el taxi.
Cuando llegamos al aeropuerto, yo les pregunté a mis padres que si no tendrían problemas para entender lo que decían, pero mi madre mi madre me dijo que la casa estaba en una zona “dominada” por el español a la que llamaban “la España californiana”.
Después de un interminable vuelo de ocho horas, llegamos al aeropuerto de la España californiana con tan mala suerte que tropecé y me caí encima de un hombre (que no estaba nada mal, por cierto). Al levantarme, cogí mi maleta, le pedí disculpas y me fui corriendo hacia la cafetería, donde se encontraban mis padres. Me senté en una silla de la barra, pedí un zumo de melocotón y saqué la llave del candado para coger mi iPod touch de la maleta. Al ver que no encajaba, caí en la cuenta de que aquel hombre también tenía la misma maleta negra que yo, asique busqué rápido la tarjetita esa en la que se ponen los datos del dueño de la maleta. Se llamada Alex (bueno, mas bien Alejandro), y su número aparecía también. Con mucha vergüenza lo llamé y le dije todo lo que había sucedido y que si no le importaba acercarse hasta la cafetería del aeropuerto. Me dijo que no le importaba, y a los diez minutos lo encontré en la puerta escuchando música. Con más vergüenza que antes, le di unos golpecitos en el hombro y se giró.
  • Oh, hola!
  • ...Hola – dije yo tímidamente mirando a sus ojos verdes.
  • Creo que antes hubo un lio con las maletas, no te parece? - dijo Alex riéndose.
  • Sí, aquí tienes la tuya... Y perdona por haberme caído encima de ti antes.
  • No pasa nada. – dijo él guiñándome un ojo- Por cierto, aquí tienes tu maleta.
  • Gracias
  • No, gracias a ti por haberte dado cuenta del error
  • Bueno, me tengo que ir. Mis padres me estarán esperando.
  • Bien, pues yo me quedaré aquí un rato hasta que me traigan el coche. Justamente acababa de colgarles a los de la compañía de alquiler de coches cuando me llamaste tú.
  • Si, aveces puedo llegar a ser muy oportuno. Pero en fin, me tengo que ir. Chao.
  • Hasta otra, Iván
Cuando me despedí de Alex, fui hasta la entrada del aeropuerto y no encontraba a mis padres, asique supuse que ya se habrían ido, sin mi, y que tarde o temprano me llamarían o me vendrían a buscar. Veinte minutos más tarde, con la batería del iPod casi agotada, apareció un trailer del que bajaron un jeep. Para mi asombro, vi a Alex dejando su maleta en la parte de atrás y montándose en el coche. Cuando los del trailer se fueron, Alex vio que yo aún seguía allí, ya que en la entrada del aeropuerto solamente había dos taxis cuyos taxistas estaban durmiendo. Al ver que se acercaba a mi, me quité los cascos y me levanté.
  • Pero tú no te habías ido hace ya un buen rato?
  • Sí. - dije yo riéndome- Pero mis padres se fueron sin mi, asique o los espero o cojo un taxi.
  • De eso nada! -dijo él todo serio- Te llevo yo. Además, te debo una por lo de las maletas.
  • No hace falta que te molestes.
  • Te llevo yo y no se hable más!
  • Vaale, pero solo por esta vez.
  • De acuerdo!
Y así nos fuimos. Entre risas y más risas nos conocimos, y además descubrí que vivía prácticamente al lado de nuestra casa . En aquel momento supe que de ese verano no me iba a olvidar fácilmente.

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